Administración

Ética en la administración: decisiones con impacto en personas

Administrar no consiste únicamente en planificar, organizar, dirigir y controlar recursos. En toda decisión administrativa existe una dimensión humana que muchas veces pasa desapercibida: las decisiones de gestión afectan la vida cotidiana de las personas. Una asignación de tareas puede influir en la salud mental de un colaborador; una omisión de información puede alterar la confianza de un equipo; un favoritismo puede deteriorar el clima laboral; y el uso indebido de recursos puede comprometer la credibilidad de toda una organización.

Por ello, la ética en la administración no debe entenderse como un tema abstracto ni como un conjunto de normas reservadas para situaciones excepcionales. Es, más bien, una práctica cotidiana que orienta la forma en que se toman decisiones cuando existen intereses en tensión, información incompleta, presiones de tiempo, restricciones presupuestarias o relaciones de poder.

En las organizaciones, las decisiones rara vez son neutras. Incluso aquellas que parecen técnicas —como distribuir cargas laborales, priorizar proyectos, aprobar presupuestos, seleccionar proveedores o comunicar información sensible— tienen consecuencias sobre personas concretas. Esta es la razón por la cual la ética debe ocupar un lugar central en la gestión: porque administrar implica decidir, y decidir implica asumir responsabilidad por los efectos que esas decisiones generan.

La ética como dimensión central de la gestión

Durante mucho tiempo, la administración fue presentada principalmente como una disciplina orientada a la eficiencia. Desde esta mirada, el objetivo era lograr resultados mediante el uso racional de los recursos disponibles. Sin embargo, la experiencia organizacional ha demostrado que la eficiencia, por sí sola, no garantiza una buena gestión. Una organización puede alcanzar metas financieras y, al mismo tiempo, deteriorar la confianza de sus colaboradores, vulnerar derechos, generar desigualdades internas o construir una cultura basada en el miedo.

La ética introduce una pregunta que complementa, y en algunos casos corrige, la lógica puramente instrumental de la administración: no solo importa si una decisión funciona, sino si es correcta, justa y responsable. Esta pregunta es especialmente relevante cuando las decisiones administrativas afectan condiciones laborales, oportunidades de desarrollo, acceso a información, distribución de beneficios o uso de recursos comunes.

El Pacto Mundial de las Naciones Unidas plantea que las empresas deben operar bajo responsabilidades fundamentales en materia de derechos humanos, trabajo, medio ambiente y anticorrupción. Esta orientación confirma que la gestión organizacional no puede reducirse a resultados económicos, sino que debe incorporar criterios de responsabilidad frente a las personas y la sociedad.

Desde una perspectiva similar, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos sostiene que las empresas deben identificar, prevenir, mitigar y rendir cuentas sobre los impactos negativos reales o potenciales que sus actividades pueden generar en trabajadores, derechos humanos, medio ambiente, consumidores, gobernanza corporativa y otros ámbitos relevantes.

Estas referencias permiten comprender que la ética administrativa no es un elemento decorativo. Es una condición para gestionar de manera responsable, sostenible y legítima.

Principios éticos relevantes en la administración

La ética en la administración requiere principios que orienten la toma de decisiones, especialmente cuando las respuestas no son evidentes. Uno de los principios más importantes es el respeto por la dignidad de las personas. Esto implica reconocer que los colaboradores no son simplemente recursos productivos, sino sujetos con derechos, necesidades, límites y proyectos personales. Una gestión ética no instrumentaliza a las personas ni las reduce a indicadores de productividad.

Otro principio fundamental es la justicia. En la vida organizacional, la justicia se expresa en la distribución equitativa de cargas, oportunidades, reconocimientos y consecuencias. No significa tratar a todas las personas exactamente igual en todo momento, sino aplicar criterios razonables, transparentes y consistentes. Cuando las decisiones se perciben como arbitrarias, la confianza se debilita. Cuando los criterios son claros y se aplican con coherencia, incluso las decisiones difíciles pueden ser mejor comprendidas.

La transparencia también ocupa un lugar central. Administrar implica manejar información que puede afectar expectativas, decisiones y comportamientos. Ocultar información crítica, comunicar de manera ambigua o manipular datos para proteger intereses particulares no solo afecta la calidad de las decisiones, sino también la credibilidad de la organización. La transparencia no exige revelar todo sin criterio, pero sí demanda comunicar aquello que las personas necesitan saber para actuar responsablemente.

La responsabilidad es otro principio esencial. Quien administra debe asumir las consecuencias previsibles de sus decisiones. Esto incluye evaluar riesgos, anticipar impactos y corregir oportunamente cuando una decisión produce efectos negativos. Una gestión responsable no se limita a decir “cumplí con el procedimiento”; se pregunta si el procedimiento fue suficiente, si la decisión fue razonable y si el impacto generado fue aceptable.

Finalmente, la integridad permite articular todos los principios anteriores. Una persona íntegra no adapta sus valores según la conveniencia del momento. En administración, la integridad se expresa en la coherencia entre lo que se declara y lo que se practica. De poco sirve que una organización publique códigos de ética si tolera favoritismos, sobrecarga sistemática de trabajo, uso indebido de recursos o decisiones opacas.

Dilemas éticos comunes en administración

Los dilemas éticos no siempre aparecen como grandes escándalos corporativos. Muchas veces surgen en decisiones ordinarias, repetidas y aparentemente menores. Precisamente por ello pueden ser más difíciles de identificar. Cuando una práctica inadecuada se normaliza, deja de ser vista como un problema y empieza a formar parte de la cultura organizacional.

Uno de los dilemas más frecuentes es la carga laboral excesiva. Toda organización atraviesa periodos de alta demanda, urgencias o restricciones de recursos. El problema ético aparece cuando la sobrecarga deja de ser excepcional y se convierte en una forma permanente de funcionamiento. Pedir esfuerzos adicionales puede ser legítimo en determinadas circunstancias; sostenerlos indefinidamente sin compensación, descanso, redistribución o reconocimiento se convierte en una práctica cuestionable.

La Organización Internacional del Trabajo reportó que más de un tercio de los trabajadores a nivel global trabaja regularmente más de 48 horas semanales. Este dato es relevante porque muestra que las largas jornadas no son un problema marginal, sino un fenómeno extendido con implicancias para el bienestar, la salud y la conciliación entre vida laboral y personal.

Desde una perspectiva ética, la pregunta no debe limitarse a si la carga laboral permite alcanzar objetivos, sino si la forma de distribuirla respeta límites razonables y protege la sostenibilidad del trabajo humano. Un administrador que asigna tareas debe considerar no solo la urgencia del resultado, sino la capacidad real del equipo, la frecuencia de la sobrecarga, la equidad en la distribución y los efectos acumulativos sobre las personas.

Otro dilema relevante es el uso indebido de recursos. Los recursos organizacionales —dinero, tiempo, información, equipos, instalaciones, contactos o autoridad— son confiados para cumplir fines institucionales. Utilizarlos para beneficio personal, favorecer intereses particulares o encubrir ineficiencias constituye una ruptura de la confianza. El problema no se reduce al perjuicio económico; también afecta la legitimidad de la gestión.

En este punto, la ética se conecta con los sistemas de cumplimiento y anticorrupción. La norma ISO 37001 se orienta a ayudar a las organizaciones a establecer, implementar, mantener y mejorar sistemas de gestión antisoborno, incluyendo mecanismos para prevenir, detectar y responder frente al soborno en sectores públicos, privados y sin fines de lucro. Aunque el uso indebido de recursos no siempre equivale jurídicamente a soborno, ambos fenómenos comparten una preocupación central: evitar que el poder o los recursos institucionales sean desviados para fines contrarios al interés organizacional.

Un tercer dilema aparece en los favoritismos. En toda organización existen vínculos personales, afinidades, historias compartidas y relaciones de confianza. Estos vínculos no son negativos por sí mismos; forman parte de la vida social del trabajo. El problema surge cuando las decisiones administrativas dejan de basarse en criterios objetivos y pasan a depender de preferencias personales. Esto puede observarse en la asignación de oportunidades, horarios, beneficios, reconocimientos, proyectos, ascensos o evaluaciones.

El favoritismo deteriora la percepción de justicia organizacional. Cuando las personas creen que el esfuerzo, la competencia o el mérito importan menos que la cercanía con quien decide, disminuye el compromiso y aumenta el cinismo. Además, el favoritismo no solo perjudica a quienes quedan excluidos; también afecta a quienes son favorecidos, porque sus logros pueden ser percibidos como resultado de privilegios y no de capacidades reales.

Una gestión ética no exige eliminar toda relación de confianza, pero sí establecer criterios claros para decidir. Si se asigna un proyecto importante, debe explicarse por qué una persona cumple mejor las condiciones para asumirlo. Si se otorga una oportunidad de desarrollo, debe existir un procedimiento razonable. Si se concede flexibilidad, debe aplicarse con criterios consistentes. La transparencia no elimina todos los conflictos, pero reduce la arbitrariedad.

El cuarto dilema señalado es la omisión de información crítica. En administración, no comunicar también es una forma de decidir. Omitir información relevante puede afectar la capacidad de las personas para prepararse, tomar decisiones o proteger sus intereses legítimos. Esto ocurre, por ejemplo, cuando se ocultan cambios organizacionales inminentes, riesgos operativos, criterios de evaluación, restricciones presupuestarias, errores detectados o información que podría modificar el comportamiento de un equipo.

Por supuesto, no toda información puede comunicarse en cualquier momento. Existen datos confidenciales, procesos sensibles y decisiones que requieren reserva temporal. El dilema ético aparece cuando la confidencialidad se utiliza como excusa para manipular, evitar responsabilidades o mantener a las personas en una posición de desventaja. La ética administrativa exige distinguir entre reserva legítima y ocultamiento indebido.

La debida diligencia propuesta por la OCDE ofrece una clave útil para este punto: las organizaciones deben identificar y abordar impactos negativos reales o potenciales asociados a sus operaciones, cadenas de suministro y relaciones comerciales. Esta lógica puede trasladarse a la gestión interna: cuando una decisión puede afectar significativamente a personas o equipos, la administración tiene la responsabilidad de evaluar impactos y comunicar de manera suficiente, oportuna y veraz dentro de los límites razonables del contexto.

El papel del liderazgo ético

Los dilemas anteriores muestran que la ética administrativa no depende únicamente de códigos formales. Los códigos son necesarios, pero insuficientes si el liderazgo cotidiano no los sostiene. La cultura ética se construye en decisiones repetidas: cómo se distribuye el trabajo, cómo se corrigen errores, cómo se usan los recursos, cómo se comunica información difícil y cómo se responde ante conductas inapropiadas.

Un líder ético no es aquel que nunca enfrenta dilemas, sino aquel que los reconoce y los aborda con criterios responsables. Esto supone hacer preguntas antes de decidir: ¿a quién afecta esta decisión?, ¿qué información necesito considerar?, ¿estoy aplicando el mismo criterio que aplicaría en otros casos?, ¿podría explicar esta decisión de manera transparente?, ¿estoy protegiendo el interés institucional o una conveniencia personal?, ¿qué daño podría prevenir?

Estas preguntas son importantes porque la presión por resultados puede estrechar la mirada. Cuando una organización solo premia metas de corto plazo, las personas pueden sentirse incentivadas a ignorar costos humanos, ocultar problemas o justificar prácticas inadecuadas. En cambio, cuando la organización valora tanto los resultados como la forma de alcanzarlos, la ética deja de ser un discurso y se convierte en un estándar de gestión.

El liderazgo ético también requiere valentía. En ocasiones, actuar correctamente implica incomodar a otros, detener una práctica normalizada, reconocer un error o tomar una decisión menos conveniente en el corto plazo. Sin embargo, esa coherencia es precisamente la que construye confianza. Las organizaciones no se vuelven éticas porque declaran valores, sino porque están dispuestas a sostenerlos cuando resulta difícil.

Hacia una administración más humana y responsable

Una administración ética no significa una administración ingenua, lenta o incapaz de tomar decisiones difíciles. Significa una gestión que reconoce la complejidad de decidir cuando hay personas involucradas. A veces será necesario exigir resultados, reorganizar equipos, corregir desempeños, restringir recursos o comunicar noticias difíciles. La diferencia ética está en cómo se toman esas decisiones, con qué criterios, con qué nivel de transparencia y con qué consideración por sus impactos.

En este sentido, la ética no debilita la gestión; la fortalece. Una organización que distribuye cargas con justicia, protege sus recursos, evita favoritismos y comunica información crítica de manera responsable construye confianza. Y la confianza no es un elemento accesorio: permite coordinar mejor, reducir conflictos, aumentar compromiso y sostener la legitimidad de las decisiones.

Por el contrario, una organización que normaliza la sobrecarga, tolera el uso indebido de recursos, permite favoritismos o manipula información puede obtener resultados temporales, pero deteriora las bases que sostienen su desempeño futuro. La pérdida de confianza suele ser lenta, pero sus efectos son profundos. Cuando las personas dejan de creer en la justicia de la organización, cumplen menos por convicción y más por obligación.

Reflexión final

La ética en la administración comienza con una idea sencilla: toda decisión de gestión tiene impacto en personas. Esta afirmación obliga a mirar la administración más allá de los indicadores, presupuestos y procedimientos. Detrás de cada decisión existen colaboradores, equipos, clientes, usuarios y comunidades que pueden verse beneficiados o perjudicados.

Por ello, administrar éticamente no consiste solo en evitar conductas ilegales. Consiste en tomar decisiones responsables cuando existen dilemas, tensiones e intereses contrapuestos. Implica distribuir cargas laborales de manera razonable, cuidar los recursos confiados, aplicar criterios justos en las asignaciones y comunicar información crítica con honestidad.

En People Crafter creemos que las organizaciones más sostenibles no son aquellas que solo alcanzan resultados, sino aquellas que logran hacerlo cuidando la forma en que esos resultados se construyen. La ética no es un límite externo a la gestión; es una condición para liderar con legitimidad, generar confianza y construir espacios de trabajo más humanos, responsables y coherentes.

Referencias

International Organization for Standardization. (2025). ISO 37001:2025. Anti-bribery management systems. ISO.

International Labour Organization. (2023). Working time and work-life balance around the world. ILO.

Organisation for Economic Co-operation and Development. (2018). OECD due diligence guidance for responsible business conduct. OECD Publishing.

United Nations Global Compact. (s. f.). The ten principles of the UN Global Compact. United Nations Global Compact.

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About Luis Lazarte

Doctorando en Psicología por la UNMSM.Magíster en Dirección de Personas por la Universidad del Pacífico.Magíster en Desarrollo Organizacional y Recursos Humanos por la Universidad del Desarrollo de Chile.Licenciado en Psicología por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (C.PS.P. 27216).Miembro internacional de la American Psychological Association (APA).Miembro de la Sociedad Interamericana de Psicología (SIP).Especialista en Recursos Humanos por la Asociación Peruana de Recursos Humanos (APERHU). Psicoterapeuta Gestalt.Con más de 15 años de experiencia en el sector público, privado y sin fines de lucro.Docente nombrado de la Facultad de Psicología de la UNMSM.Past Director de la Carrera de Psicología de la Universidad Continental-Conferencista en congresos internacionales y nacionales.Mi enfoque psicoterapéutico es basado en evidencia, recogiendo los aportes del enfoque cognitivo conductual, análisis funcional de la conducta y de la psicoterapia humanista.

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